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Benito Sebastián Gil
Lunes, 16 de Febrero de 2015
Manacor

Siempre puede haber una sorpresa

Tengo un amigo manacorí con el que casi a diario suelo tomar en un bar el cortado mañanero. Raro es el día que no nos cruzamos en nuestra conversación anécdotas y experiencias vividas.

[Img #5628]He de decir que más de una vez me ha sorprendido con sus geniales relatos.

 

Lo que voy a narrar me lo contó como hecho verídico y ocurrido en Manacor allá por los años cincuenta. Esto es, cuando él y sus amigos hacia poco tiempo que habían cambiado el tono de su voz, les había aparecido el vello corporal y los primeros pelos del bigote ya los habían rasurado.

 

Todo comenzó en un mes de enero cuando, sintiéndose su pandilla de amigos los dueños del universo, concibieron la idea de concurrir aquel año a las “Beneïdes de Sant Antoni” con una carroza engalanada por ellos.

 

De inmediato se pusieron manos a la obra con la mente puesta en que habían de conseguir que su carroza fuese una de las ganadoras. El ramaje y color verde debería sobresalir en la decoración y para ello nada mejor que adornarla con ramas de palmera.

 

Saber en qué lugar había un solar donde hubiera sembradas palmeras con abundantes ramas a ras del suelo fáciles de cortar, no les iba a suponer ninguna dificultad ni secreto ya que, aquellos muchachos, pese a no tener ni bicicleta ni vehículo alguno, recorrían con frecuencia todos los rincones del término municipal por muy lejanos que éstos estuviesen.

 

Cortadas y acarreadas las ramas de las palmeras, fueron colocándolas en el carruaje preparado al efecto, con un arte y una técnica que ya quisieran muchos “decoradores actuales” dominar.

 

Cuando al fin llegó el tan ansiado día diecisiete de enero y con la moral más alta que su estatura, la pandilla de amigos se vistieron para la ocasión con las mejores ropas que tenían y todos a una como los de Fuenteovejuna, fueron ocupando sus puestos en la carroza camino de las Beneïdes.

 

A medida que se iban acercando a la tribuna donde las autoridades presidían el cortejo y el sacerdote bendecía a los animales que pasaban, aquellos inseparables y concienciados amigos, con sus ojos abiertos como platos, iban vigilando si aquellas personas “a quienes correspondía adjudicar los galardones” les otorgaban su premio tan ansiado.

 

Su gozo fue inmenso cuando al pasar por delante las autoridades, una pareja de la guardia urbana que allí se encontraba, se les aproximó y les hizo el honor de escoltar su carroza. Escolta que ellos pensaron se debía a un detalle de distinción por la belleza de la misma, lo que forzosamente debía de llevarles a recoger un valioso premio.

 

Poco duró su alegría porque nada más alejarse unos metros de la tribuna, aquellos guardias urbanos cambiaron su actitud, tomaron las riendas del caballo que tiraba del carruaje, sacaron la carroza del circuito y la desviaron a una de las calles próximas donde se les notificó a los ocupantes una multa en razón de la denuncia que contra los mismos se había incoado.

 

Resultó que el dueño del solar de las palmeras era el mismísimo alcalde del pueblo y, si bien se había despreocupado de la poda y conservación de las palmeras, no así de su calidad de amo, y al observar la sustracción de las ramas en su dominio dio curso a una denuncia por robo.

 

El alcalde y el oficial de la guardia urbana, que acumulaba más experiencia que mili llevaba cumplida el Capitán Trueno, parece que habían convenido en su día, que ni siquiera era preciso iniciar la búsqueda de “los autores del delito” ya que tenían la certeza de que se delatarían por sí solos el día de las Beneïdes, como así ocurrió.

 

Ninguno de los amigos contó lo ocurrido a sus padres.

En aquellos tiempos ya se trabajaba a su edad, y fue con el sudor de su frente con el que los “infractores” , fueron reuniendo como pudieron la cuantía de la multa y cautelosamente la fueron a pagar.

 

Así me lo contó mi amigo y así lo cuento.

 

Benito Sebastián Gil

 

 

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