Viernes, 10 de Abril de 2026

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Benito y Josefina
Martes, 19 de Enero de 2016
Manacor

De Manacor a la Patagonia

Encontrándonos mi esposa y yo de vacaciones en San Rafael, Mendoza, Argentina, en los últimos días de noviembre del 2015 y disfrutando de la primavera allí reinante y de la compañía de los numerosos familiares que, como descendientes de Modesta Gil Ramos, hermana de mi abuelo Benito, tenemos en esa parte del mundo, decidimos con los primos Margarita y Roberto ir a visitar tierras de la Patagonia.

Planificamos el viaje para salir de San Rafael en el automóvil de los citados primos un jueves a las cinco de la mañana.

 

Sobre San Rafael hay que decir que fue alrededor del año 1870 cuando un ingeniero francés llamado Julio Jerónimo Balloffet inició la construcción de una estancia fortificada en tierras propiedad de su esposa bañadas por los ríos Atuel y Diamante nacidos en sus respectivos valles en los Andes.

 

Balloffet llamó pidiéndole ayuda a su compatriota Rodolfo Iselin y juntos promovieron la apertura de canales de riego y nivelación de campos implantando allí una actividad ganadera y agrícola. Con ello se dio inicio a la población de San Rafael.

 

Supieron crear un oasis en un entorno casi desértico. La emigración italiana y a la par la española completaron la primera población.

 

A San Rafael llegarían en los primeros años del siglo XX la bardallurana Modesta Gil Ramos y su esposo Carmelo Gómez. En España habían dejado su domicilio en Casetas (Zaragoza) para ir camino de la emigración. En su marcha se llevaron consigo a los dos hijos que entonces tenían, una hembra y un varón, Margarita y Raimundo, ambos nacidos en Bardallur.

 

En el camino hacia la Patagonia, cuando llevábamos recorridos 90 kms, nos encontramos con una ciudad llamada General Alvear.

 

La ciudad General Alvear es la población más grande de la provincia tras Mendoza y San Rafael. General Alvear creció, al igual que San Rafael, con la creación de un oasis de 30.000 hectáreas regadas por el Río Atuel.

 

Cien kms más de recorrido y pasamos de la provincia de Mendoza a la de la Pampa Dejamos atrás un pueblo llamado Cochicó y a otros 25 kms más adelante Santa Isabel. Todo ello conduciendo el primo Roberto por una carretera señalada como la RN 143 Argentina.

No hace falta decir que de vez en cuando nos habíamos de parar a reponer la gasolina consumida pues no convenía arriesgar ir con la reserva dada las distancias que median entre una gasolinera y otra. Gasolina a un precio similar al de España. También se aprovechaba el descanso para comprar agua caliente para el mate, a tres pesos el termo, mate que los primos tomaban, como buenos argentinos, con bastante asiduidad.

 

En un determinado momento se hizo necesario parar ante un control en la carretera. Tal control se ocupaba, tras un pequeño pago, de desinfectar los bajos de los vehículos para eliminar las plagas de insectos dañinos para los productos agrícolas de cada provincia y que pudieran haberse adherido al coche en el trayecto de la provincia anterior. Cada provincia tiene una peculiar manera de proteger su agricultura.

 

Llegamos a una ciudad llamada Algarrobo del Águila que está a 127 kms de Santa Isabel y circulando ahora por la carretera RN 151, clasificada de “camino malo”, pasamos por Puelen y llegamos a Catriel tras dejar atrás 148 kms de mal asfaltado.

 

Catriel es una ciudad argentina situada en el extremo norte, ya en la provincia de Río Negro en el departamento llamado del General Roca. Esta ciudad nació en los años 60 del siglo XIX como una colonia pastoril que, debido al descubrimiento y explotación de yacimientos petrolíferos, después tuvo un acelerado crecimiento demográfico. La población está asentada en la margen derecha del río Colorado.

 

La Patagonia y la porción occidental de la región de la Pampa habían estado habitadas antiguamente, como todas, por pueblos indígenas. Desde mediados del siglo XVIII venía existiendo un conflicto continuo entre los indígenas, sobretodo “los mapuches” y la población blanca. La razón era el dominio de su territorio y de los recursos ganaderos del mismo. Ante el avance del gran territorio que iban ocupado los blancos, los indígenas reaccionaron y lanzaron numerosos ataques rápidos y sanguinarios contra los invasores y sus ganados. A dicho modo de luchar se le llamó el “malon”.

Buenos Aires reaccionó enviando primero al general Alsina y, después, al general Julio A. Roca quienes llevaron a cabo la campaña llamada “Conquista del Desierto”.

 

El nombre del Catriel con el que se bautizó aquella población se debe al del linaje de una dinastía de caciques de la Pampa. En la plaza del propio pueblo existe un monumento al indio Catriel.

 

En esta provincia de Río Negro se ven a un lado y otro de la carretera, las bombas extractoras de petroleo, llamadas por los vecinos del entorno“guanacos” por su silueta parecida a la de este animal, al que luego nos referiremos. También a un lado y otro de carretera se ven altares dedicados unos al mestizo Ceferino, hijo de padre mapuche y otros al gauchito Gil.

 

Desde Catriel llegamos a Cipolletti tras haber dejado atrás las poblaciones de Barda del Medio y la de Cinco Saltos. En Cipolletti nos comimos las ricas milanesas (escalope o carne empanada o rebozada) que había preparado la prima Margarita, familiarmente Kuky.

 

En Cipolletti, tras repostar en una gasolinera de la marca YPF (la preferida del primo Roberto y cuyas siglas traduce como “Ya Pario Filomena”) tomamos la RN 22 que nos llevó hasta Darwin, tras haber pasado por Allen, General Roca, Ingeniero Huergo, General Enrique Godoy, Villa Regina, Chichinales, Chelforo, Chimpay, y Coronel Belisle.

 

Esta ruta discurre por el Alto Valle del Río Negro, donde se cultivan frutales, especialmente peras y manzanas de la Patagonia. Frecuente es ver en noviembre puestos de vendedores de cerezas y sandías en los costados de la carretera. También se ven en los canales artificiales de riego construidos de hormigón, a los mozalbetes locales bañándose, o “capuciando“ como hacíamos en Bardallur en la acequia Grande en el “Pocico del tío Valentín”.

 

A siete kilómetros de Darwin llegamos a Choele Choel, población ésta en la que habíamos contratado previamente un hotel. En esa población cenamos y pernoctamos y de buena mañana salimos por la RN 250 camino de Luis Beltrán.

 

Según el General Olascoaga el nombre de Choele Choel se tomó del nombre que los indios daban a las cortezas de árbol que en las crecidas el Río Negro arrastraba y que, como “espantajos”, dejaba enredadas en las ramas de los árboles.

 

Choele Choel, en la comarca de Avellaneda, es un oasis agrícola regado por el citado río en cuya zona se forman un conjunto de islas.

 

Por la RN 250, después de Luis Beltrán llegamos a Lamarque, Pomona y El Solito. Aquí tomamos la RP 2 de pésimo asfaltado. Tras 95 kms llegamos a San Antonio Oeste donde tomamos la RN 3. Antes de proseguir tomamos un desvío para ir a visitar Las Grutas.

 

Frente a un azulado mar, Las Grutas y San Antonio Oeste son dos playas o balnearios de la costa Atlántica en la provincia de Río Negro distantes entre sí 15 kms.

 

Llevábamos divisando 113 kms antes unas montañas a lo lejos. Al fin llegamos a un pueblo llamado, como no podía ser de otra manera, Sierra Grande.

 

Desde que salimos de San Rafael se nos advirtió que podríamos ver guanacos, zorros, avestruces, armadillos y serpientes a uno y otro lado de la carretera pero parece que a lo largo del enorme tramo ya recorrido dichos animales se habían mantenido en huelga. Fue a partir de San Antonio Oeste cuando comenzamos a ver esporádicamente algún guanaco que había saltado las alambradas. A decir verdad, para estos animales no eran muy altas. Los guanacos es una especie protegida en la zona.

 

Sierra Grande se ubica a 1250 kms de distancia en su ruta para el Sur. Sus casas se encuentran recostadas contra el lado este de la sierra que las protege de los vientos del sudoeste y a unos 28 km de la costa.

 

Las montañas que rodean esta zona fueron utilizadas como camino y asiento de los “tehuelches” tribu esta que habitaba aquella zona antes de la colonización hispana. Debido a las sequías que azotaron la zona, los indígenas se movieron de su asentamiento en el arroyo El Salado hacia el nordeste de Chubut.

 

Los primeros hombres blancos llegarían a Sierra Grande a finales del siglo XIX provenientes de la zona de Viedma y Carmen de Patagones. Eran pioneros viajeros que buscaban mejores tierras para su ganado ovino.

 

Un tal Manuel Reynerio Novillo fue quien en 1944 descubrió una veta de hierro allí.

 

Después de lo que ya llevábamos recorrido, leer que para llegar a Puerto Madryn faltaban 134 kms nos pareció era una cifra irrisoria. Lo que no contábamos era que un fuerte viento patagónico iba a ir azotando la parte delantera de nuestro vehículo y que solamente la pericia de nuestro incansable chófer haría que el viaje transcurriera sin incidentes.

 

De vez en cuando nos cruzábamos con algún otro vehículo, generalmente un gran camión con remolque adosado para, según nos dijeron, aprovechar el largo viaje con la mayor carga posible. Por lo demás, la circulación en los mil y pico kilómetros recorridos, salvo en el valle de Río Negro donde el tránsito era mayor, resultó ser muy espaciada. Ello permitía realizar los adelantamientos divisando una despejada carretera al frente.

 

Poco después de salir de Sierra Grande pasamos a la provincia de Chubut, provincia en la que se encontraba nuestra meta o destino: PUERTO MADRYN

 

Puerto Madryn se encuentra emplazada frente al Mar Argentino, en el Océano Atlántico. Es considerada la puerta de entrada a la Península Valdés, declarada en 1999 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

 

El nombre de la ciudad se debe a uno de los promotores de la colonización galesa en la Patagonia. Al barón de Madryn.

 

La fundación de la ciudad ocurrió en 1865 cuando llegaron a sus costas 150 galeses en el velero Mimosa.

 

Puerto Madryn recibe la visita, entre los meses de junio a diciembre, de las ballenas francas australes que regresan a esta zona cada año para aparearse y procrear También lobos marinos, pingüinos magallanicos y elefantes marinos, todos alejándose de los fríos del Sur”.

 

Dos razones nos llevaron a Puerto Madryn: una contemplar todos estos animales en persona; la otra, la despejaremos más adelante.

 

Con el viento reinante llegamos a nuestro destino el viernes a mediodía. Fuimos previamente al hotel contratado y, descargadas las maletas, a un restaurante a comer. Después, con objeto de estirar las piernas, caminamos hasta el puerto y de paso contratamos el pack turístico para el día siguiente. Cenamos en un restaurante muy ameno con música en vivo, en el que las chacareras de su follkore no se hicieron esperar.

 

Luego nos fuimos a dormir y a esperar ansiosos llegara el día siguiente sábado para iniciar nuestro tour turístico.

 

Nos levantamos a las siete de la mañana, desayunamos, y con una puntualidad inglesa, el autocar turístico nos vino a buscar para, uniéndonos a otros, llevarnos a la Península Valdés. La distancia 90 kms pero ¿para que hablar de distancias con lo ya recorrido? Además, el viento había amainado y se nos vaticinó un día espléndido. Los guanacos y ovejas pastaban a ambos lados próximos a la carretera. Todos menos el guanaco macho que desde un pequeño otero vigilaba con la cabeza levantada por si algún peligro se aproximaba a dañar su haren.

 

Se nos dijo que no había depredadores importantes en aquellas tierras esteparias ya que el jaguar había sido eliminado desde hacía muchos años. También se nos dijo que el cálculo para el rebaño de ovejas a introducir en las estancias era de una oveja merina patagónica por cada tres hectáreas de terreno. La oveja al comer arranca la hierba, nos dijeron, no la siega, y la experiencia así lo aconseja para no agotar los pastos y permitir que crezca la hierba de nuevo, evitando con ello la desertización del terreno.

 

Se acabó la carretera asfaltada y entramos en un camino de piedras y polvo. Allí había una parada obligatoria. Se había de pagar una entrada a modo de impuesto ecológico (Ecotasa). El precio variaba si eras o no argentino y entre los argentinos el precio era más barato si se era jubilado.

 

Era lugar adecuado para usar los baños y contemplar un pequeño museo faunistíco de la zona. Zorros, ñandús (avestruces) liebres patagónicas, vizcachas, serpientes, aves, etc.

 

De nuevo en el autocar proseguimos, siempre con las amenas explicaciones del guía y el repique de las piedrecitas en los bajos del vehículo. Al pasar próximos al Golfo de San José, el guía nos hizo observar una pequeña isla que había en medio. Nos dijo que vista la isla desde un avión parecía que una boa se tragara un elefante. Esa imagen es la que el experimentado piloto Antoine de Saint Exupéry describió en su libro “El Principito”. Pronto llegamos a Punta Norte. Allí, desde una cierta altura, vimos a los elefantes marinos tomando sus sesiones de rayos solares y, de vez en cuando, arrastrándose poco a poco hasta meterse en el agua.

 

Después nos condujeron a la Caleta Valdés y allí pudimos ver y hasta casi tocar a los pingüinos magallanicos que, con cara angelical caminaban unos o empollaban (incubaban) un huevo otros. Al otro lado de la cala, numerosos lobos de mar entraban o salían del mar. Por suerte para ellos, ese día, al menos en el tiempo que nosotros los contemplamos, ninguna orca los atacó como parece ocurre muchas veces.

 

Ya se hacía medio día cuando nos llevaron a Puerto Pirámides en el Golfo Nuevo. Se nos dijo que debíamos aprovechar para almorzar ya que el estado de la mar había aconsejado no embarcar aquella mañana para ver las ballenas. No obstante se nos informó de que para las cuatro de la tarde se pronosticaba poder navegar e ir al avistamiento.

 

Comimos, tomamos café y sobre las cuatro de la tarde ya nos colocaron el chaleco salvavidas y nos encaminamos a la embarcación. Más que un barco era una lancha posicionada en un transportín metálico enganchada con un timón largo a un tractor-oruga. Cuando hubimos subido comenzó a rodar el tractor en dirección al mar y cuando la lancha comenzó a flotar se soltaron los artilugios que la amarraban. El tractor salio del agua y nuestra lancha zarpó por el Golfo Nuevo hacia donde los cuatro miembros de la tripulación (capitán, ayudante, fotógrafo-guía en castellano y guía en inglés) sabían que estaban las ballenas.

 

En un momento dado, en uno de los costados de la lancha apareció lo que creímos era una ballena. La tripulación nos dijo que se trataba del ballenato el cual había nacido en aquel lugar y al que la ballena madre estaba alimentando con 250 litros de leche diarios. Nos dijeron que la ballena saldría mas tarde ya que tiene más capacidad de mantenerse más tiempo dentro del agua. Efectivamente, salió la ballena. Era una cosa enorme que tras respirar volvió a esconderse dentro del agua. Según el guía, cuando llegan en mayo las ballenas pesan unas 50 toneladas. Unas llegan embarazadas y otras buscando el apareamiento. Las que buscar “amor” no se contentan con un solo macho sino que ponen en actividad a varios, incluso hasta catorce algunas veces. Las que vienen a parir, lo hacen y desde que alumbran a su hijo se dedican completamente a su crianza sin comer nada en absoluto rebajando su peso a la mitad, esto es, a 25 toneladas. El ballenato no mama. Simplemente da un cabezazo en el vientre a su madre y ésta abre unas glándulas por las que expulsa la leche en forma de bola en un estado tan espeso que se mantiene sin disolverse en el agua hasta que es alcanzada la bola y tragada por el ballenato.

 

La lancha se acercaba a las ballenas que salían a respirar y estas ni se inmutaban. Así una tras otra. Veríamos seis o siete y eso que ya se habían marchado algunas pues para finales de diciembre todo más lo hace la totalidad.

 

Ya se ponía el sol cuando volvimos a tierra donde el mismo tractor nos esperaba metido en el agua.

 

Con la satisfacción de haber cumplido nuestro primer objetivo volvimos a Puerto Madryn.

 

Llegó el domingo, segundo y último día. Nos quedaba por cumplir el segundo objetivo.

 

Dicho objetivo lo cumplimos sobre el mediodía. Resulta que un nieto de la bardallurana Modesta Gil Ramos, hijo de su hija Pabla, había marchado hacía muchos años a trabajar a Puerto Madryn donde formó una familia. Si bien él, Juan Carlos, murió bastante joven, en Puerto Madryn quedaron su viuda, Estela y sus hijos Juan, Paula y Angie.

 

Fue Juan quien, sabedor del encuentro de la familia española y argentina había mostrado en nombre de su madre y hermanas, sus deseos de conocernos cuando se diera la oportunidad. Kuky y Roberto ya los conocían por los viajes que éstos habían hecho a San Rafael en alguna ocasión aunque hacía bastantes años que eso había ocurrido.

 

Con nuestro viaje a Argentina fue cuando sopesamos la conveniencia de citarlos en San Rafael o ir a visitarlos nosotros. Los cuatro decidimos era mejor ir nosotros ya que así podríamos ver y conocer a todos los familiares de Puerto Madryn, pues los tres bisnietos están casados y tienen hijos.

 

Juan, su madre Estela y su esposa Paola, junto con sus hijos y un hijo de Angie nos estaban esperando en su casa. En su casa no acogieron entrañablemente. Y para que conociéramos a la familia de Paula también habían organizado en casa de ella la comida. En casa de Paula fuimos recibidos por ella, su esposo y sus dos hijos y allí nos reunimos todos, seis de casa de Juan más el niño de Angie. Angie acababa de alumbrar a su segundo hijo y se encontraba en el hospital acompañada de su esposo. Nosotros cuatro mas los cuatro de la casa anfitriona. Total quince personas.

 

El asado argentino de cordero patagónico y de vaca argentinas estaba riquísimo. L o mismo los distintos tipos de guarnición que lo acompañaban. Igualmente los vinos, los helados y los distintos postres.

 

Como el encuentro fue emocionante y el ambiente creado inolvidable, todo ello unido al cariño que mayores y niños nos dispensaron, hizo que nuestro segundo objetivo se cumpliera a plena satisfacción. Tanta como la que sentimos desde entonces al recordar a todos los familiares de Puerto Madryn que, como Kuky y yo, y la familia de San Rafael y Bardallur, llevamos mezclada la misma sangre y genes.


 

El lunes iniciamos la vuelta. 1395 kms teníamos por delante. Como el coche y el conductor ya estaban rodados, salimos a las cinco de la mañana, y parando en cuantas YPF fue necesario, en Cipolletti para comer y comprar cerezas, llegábamos a las 10 de la noche a San Rafael en una única jornada, después de soportar una gran tormenta de agua y relámpagos, pero con la satisfacción del deber cumplido.


 

Benito y Josefina.

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